
La comunización se refiere a una teoría revolucionaria que rechaza cualquier fase de transición entre el capitalismo y el comunismo. Surgida en los debates militantes e intelectuales después de 1968, esta noción rompe con las estrategias clásicas del movimiento obrero, ya sea la toma del poder estatal o la autogestión. Plantea que la destrucción de las relaciones capitalistas y la producción de nuevas relaciones sociales deben ser simultáneas, no secuenciales.
Después de 1968: por qué la comunización rompe con el programa obrero
La mayoría de las corrientes marxistas del siglo XX compartían un esquema común: el proletariado toma el poder, establece un período de transición (dictadura del proletariado, planificación, autogestión), y luego llega el comunismo. Este esquema se basa en la idea de que la clase trabajadora puede afirmarse positivamente como clase dirigente antes de abolirse.
Para profundizar : Todo sobre los orígenes y la familia de Margot Haddad
Los teóricos de la comunización cuestionan precisamente este postulado. Para ellos, la clase no puede afirmarse sin reproducir el capital. Cualquier organización permanente de clase, cualquier programa de gestión de la economía existente reproduce las categorías mismas que pretende superar: trabajo asalariado, valor, mercancía.
Esta ruptura se arraiga en el balance de las experiencias revolucionarias del siglo XX. Portugal de 1974-1975, Polonia de los años 1980, pero también los límites de los consejos obreros: en cada caso, la gestión obrera de la producción se ha topado con la reproducción de las relaciones mercantiles. Como formula Gilles Dauvé, el legado de estas experiencias “no tenía testamento”, es decir, no ofrecía un modelo reproducible.
Ver también : Las oportunidades entre Francia y la CEI: intercambios y perspectivas para 2026
La comunización como concepto emerge de este diagnóstico de fracaso. No propone un nuevo programa, sino que afirma que el momento revolucionario transforma inmediatamente las relaciones entre individuos, o bien no es revolucionario.

Abolición del trabajo y crítica del valor: el núcleo teórico
El corazón de la teoría se basa en una relectura de Marx, en particular de los Grundrisse y del Capital, que distingue el trabajo como actividad humana del trabajo como categoría social del capitalismo. En el modo de producción capitalista, el trabajo reduce toda actividad a una sustancia única, medible en tiempo, intercambiable por un salario.
Abolir el trabajo no significa suprimir toda actividad productiva. Significa destruir el marco social que convierte el trabajo en la mediación obligatoria entre los individuos y sus medios de existencia. La comunización implica, por lo tanto, la supresión simultánea del salario, del intercambio mercantil y del valor.
Esta posición se distingue del proyecto consejista, que contemplaba mantener la medida del tiempo de trabajo como herramienta de distribución en una sociedad post-capitalista. Los partidarios de la comunización consideran que cualquier contabilidad en tiempo de trabajo reproduce la lógica del valor. Sin embargo, no proponen un plan alternativo detallado para organizar la producción, lo que constituye una de las críticas recurrentes dirigidas a esta teoría.
Lo que la comunización no es
Es necesario distinguir este enfoque de varias nociones cercanas que pueden llevar a confusión:
- No se confunde con el comunismo libertario o el anarquismo, aunque comparte la crítica al Estado. La comunización también rechaza la autogestión como horizonte suficiente.
- No pertenece al “comunismo de consejos” tradicional, ya que rechaza la gestión obrera de la economía como etapa transitoria.
- No designa un movimiento social existente o un partido. Es ante todo un concepto teórico, que analiza las condiciones en las que podría producirse una ruptura revolucionaria.
Contradicción entre proletariado y capital: el motor de la teoría
Para los teóricos agrupados en torno a revistas como Théorie Communiste o SIC, la comunización deriva de un análisis de la relación entre clases. El proletariado ya no encuentra en su existencia de clase la base de un proyecto positivo. La reestructuración capitalista desde los años 1970 ha destruido progresivamente las formas de identidad obrera (fábrica fordista, barrios obreros, sindicatos de masas) que permitían a la clase constituirse como fuerza autónoma.
Esta lectura hace de la contradicción entre proletariado y capital el motor mismo de la perspectiva comunizadora. El proletariado, al luchar, cuestiona su propia existencia como clase, porque esta existencia se ha convertido en una restricción exterior en lugar de una identidad reivindicada.
Los datos disponibles no permiten decidir sobre la manera en que este proceso podría concretarse. La teoría describe un horizonte lógico, no un escenario operativo. Es precisamente esto lo que alimenta los debates internos más vivos entre corrientes comunizadoras.
La comunización como objeto de historia intelectual
Desde hace algunos años, la comunización también se estudia como un fenómeno de historia de las ideas. Trabajos académicos, en particular aquellos accesibles a través de plataformas como OpenEdition, reubican esta teoría en la genealogía de las recomposiciones teóricas post-1968. La comunización ha pasado del estatus de posición militante al de objeto académico.
Este desplazamiento no es neutro. Permite mapear mejor las filiaciones (situacionismo, ultraizquierda italiana y francesa, bordiguismo heterodoxo) y los puntos de ruptura. Sin embargo, también suscita tensiones: algunos autores consideran que la academicización neutraliza la carga crítica de la teoría al transformarla en una simple curiosidad intelectual.
Los textos recientes enfatizan más la crítica a las estrategias políticas clásicas, incluidas las que provienen de los movimientos sociales contemporáneos. El argumento central sigue siendo que toda gestión de la sociedad existente reproduce las relaciones capitalistas, ya sea llevada a cabo por un Estado, un sindicato o una asamblea popular.

La comunización sigue siendo una teoría exigente, cuya principal fuerza es también su principal límite: plantea un marco de análisis radical de la sociedad capitalista, pero no proporciona una hoja de ruta. Las divergencias entre corrientes abarcan tanto la interpretación de Marx como la posibilidad misma de formular un proyecto positivo. Lo que hace consenso es el rechazo de toda transición. El resto es un taller abierto, que ni los militantes ni los académicos han cerrado.